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| Domingo, 19 de May de 2013 |
| Reportaje |
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Espléndido trabajo literario y vital de Raúl Buendía
InfoMelilla.com tiene la suerte de haber recibido y haberlo recibido dedicado un gran testimonio, el firmado por Raúl Buendía 'Belador', un enfermero oncológico del Ramón y Cajal que pudo haber sido torero por afición y que tuvo que asistir a una trágica faena contra el cáncer de todo un maestro, de quien el autor fue 'hombre de confianza'.
Por su valor literario, su emotividad y sus referencias taurinas, resulta de cumplimiento obligatorio, de lógica periodística y de irrefrenable voluntad hacer llegar el precioso relato de Raúl a todos los amigos del portal digital de Melilla.
Agradecido en el alma.
Salvador Ramírez
LA VIDA, QUE TIENE ESAS COSAS...
Fue por mayo cuando llegué a Madrid a trabajar como enfermero en el Hospital Ramón y Cajal. Siempre me había gustado el mundo del toro. Me apasionaba ver corridas en la tele y escuchar a la gente que entendía. Mi abuelo me solía sentar en el sofá de su casa para ver los toros cuando todavía no medía ni medio metro. A mi abuelo le gustaban los toreros valientes. A mí también.
Apenas me lo podía creer el día que una compañera de trabajo me ofreció una entrada para San Isidro. Yo debía imaginar que las entradas las regalaba el empresario de Las Ventas, ni pensaba que se pudieran comprar con dinero. Dijeron que esa tarde no había habido suerte. Al día siguiente le compré todo el abono a mi compañera.
Curro era de la época de Belmonte / Autor: ARC
Una de las tardes de esa Feria, oí el sonido de las agujas del reloj de la laza. Claro, hasta ese día no sabía que existía. Pero esa tarde las oí. Esa tarde oí también el silencio de Las Ventas. El torero era un torero valiente, de los que le gustaban a mi abuelo. La plaza se venía abajo cada vez que alargaba el muletazo. Desde ese día sólo quiero volver a oír las agujas, cada vez que voy a la plaza.
Como dije, soy enfermero y llevo trabajando con pacientes oncológicos desde hace 12 años, los mismos años que llevo yendo a San Isidro y los mismos que llevo recordando el sonido de las agujas del reloj de Las Ventas.
Hospital Ramón y Cajal / Autor: ARC
Una tarde estaba en mi trabajo, como tantas otras tardes, y hablaba de toros en voz alta con un compañero mientras preparábamos la medicación. En ese momento pasé a una habitación en la que se encontraba un paciente tendido en la cama, esperando para que le realizáramos una parecentesis. Al pasar a la habitación, Curro, que así se llamaba el señor, se me quedó mirando fijamente y me dijo: “¿cómo andas en el tercio de banderillas?”. Yo, con bastante naturalidad le dije “al quiebro, suelo dejar los palos en lo alto”.
Así, entablamos una conversación en la que le pregunté si le gustaban los toros. Entonces, él me empezó a contar su historia. Me dijo que había nacido en Córdoba: “muy jovencito me vine a Madrid por hambre (por hambre recuerdo que dijo), después de morir mi padre. Comencé trabajando en una fábrica de cartón y con el dinero que me daban conseguía mandar algo a mi madre que se había quedado en Córdoba con mis dos hermanos pequeños”.
Prosiguió: “las tardes las pasaba cerca del Batán, que allí no cobraban por mirar. Los niños entrenaban en la plaza y yo les miraba con entusiasmo. Una tarde cogí una muleta y me puse a pegar pases a otro niño que montaba una bicicleta. Rondaba yo la edad de 13 años, ¡qué bonita época, sin una perra en el bolsillo, pero qué bonita época!. Allí conocí a todos los jóvenes que estaban intentando ser toreros. Yo hablaba con ellos, jugaba, me reía, salía con ellos por el Madrid de los años cuarenta. Incluso participé en alguna que otra capea y, una cosa te voy a decir, no andaba nada mal con el capote”.
Tratamientos oncológicos / Autor: ARC
En ese momento interrumpí su historia para decirle que iba a preparar la zona del abdomen para pincharle. Él, como si no me hubiera oído, me dijo: “y ahora que tengo un duro en el bolsillo, viene el toro negro y me quiere echar mano. La vida, que tiene esas cosas...”. Yo, mientras le limpiaba la zona con betadine, pensaba que no le faltaba razón. Le acababan de diagnosticar un tumor en el estómago con metástasis en varios órganos vitales.
Le pegunté, casi sin pensar: “y ¿cómo piensas recibir a este toro negro para hacerle humillar en tu capote?”. Se quedó mirándome con hondura: “sólo hay una manera de recibir a un toro bravo como este que me ha tocado en suerte y es bajándole la mano de salida y sometiéndolo por bajo”.
Su respuesta fue valiente, torera, templada, como si en ese preciso instante se encontrara detrás del burladero, viendo al toro salir de chiqueros, dando vueltas por el albero de la plaza de la muerte. Aquella misma mañana había recibido la noticia de su diagnóstico. Solo...me dijeron que estaba solo en la consulta. Solo, como en la plaza, pensé yo. Conforme le íbamos extrayendo el líquido de su abultada tripa, él permanecía en silencio.
Supongo que absorto en pensamientos que yo no lograría descifrar jamás. Al acabar la técnica, Curro me volvió a mirar a los ojos con complicidad y me dijo: “te voy a pedir un favor, porque creo que eres un buen lidiador. Y es que formes parte de mi cuadrilla, porque sé que me echarás un capote cuando me venga la fatiga”.
José Tomás, el soñado y reaparecido maestro / Autor: ARC
Aquella tarde transcurrió en silencio, sin muchas más conversaciones. Al día siguiente me preguntó en qué consistía la quimioterapia. Recibió sus ciclos con temple, con el temple que sólo un torero de los buenos sabe torear. Y yo procuraba hacer coincidir mis turnos con sus ciclos.
Durante aquellas duras tardes de tratamiento descargó muchas de sus dudas y sus pensamientos sobre la vida, él siempre en torero, claro está, sin demostrarme que el miedo estaba presente en su mente. Sólo una tarde se derrumbó después de recibir su pronóstico a corto plazo. Esa tarde la voltereta fue tremenda y quedó bastante tocado.
Esa tarde sufrió por los que iba a dejar. Él jamás habló con los suyos de la tarde que yo sabía y él también, la que tenía firmada con la empresa que lleva la plaza más dura. De esa tarde sólo hablaba conmigo, con su 'hombre de confianza' al que éso no podía afectar porque era un profesional. Yo aprendí a torear esas tardes, tragando saliva delante de él porque aquel maldito toro jamás humilló, era un toro descastao y sin raza, sin nobleza, como son esos toros que echan la cara alta desde el diagnóstico hasta la cornada mortal.
Aquella tarde me miró y supe que iba a descargar su ira conmigo. La cuadrilla está para todo -pensé- y hasta los mejores pueden claudicar. Pero rectificó a tiempo, puso su cabeza en mi hombro y le abracé. Habían tenido que pasar 12 años para que yo supiera que podía abrazar a un enfermo sin dejar de ser profesional, como él siempre me decía. Le abracé y supo que estaría con él todas las tardes, en su cuadrilla.
Aquel día, después del mal trago, estuvimos hablando hasta el final de mi guardia de toros, faenas y de aquel torero que nos hacía oír las agujas del reloj de Las Ventas. De un torero que sabía poner de acuerdo a los de sol y sombra en nuestra plaza. Hablamos de algunos chismes, del porqué de su retirada de los ruedos, de su personalidad, de sus amistades, de sus aficiones, del miedo que cada tarde nos hacía pasar...
Todos los años aparecía la noticia de algún crítico taurino que, por tener relevancia durante unas horas, se aventuraba a decir que la próxima temporada reaparecería en no sé qué plaza...pero nada de nada.
Así pasábamos las tardes, mientras yo le administraba el maldito tratamiento que no hacía más que embestir contra su frágil figura. Y él, tarde tras tarde, se ponía su 'vestío de torear' y aguantaba, una tras otra, las coladas que le producía 'Islero', como él llamaba a lo que yo le inyectaba por su vena. “Éste es el 5º”, me dijo el último día, como 'Islero'. En efecto, era su quinto ciclo. Como 'Islero', fue el 5º de esa tarde. Los dos sabíamos de qué hablaba. Y en su historia, su médico había escrito que la enfermedad había progresado. La vida, que tiene esas cosas...
Fue una mañana de invierno, una mañana bonita y amarga a la vez. Yo llegaba al Hospital mucho más contento que de costumbre porque acababa de escuchar en la radio que el torero reaparecía en la Monumental de Barcelona el 17 de junio de 2007 y esta vez sí que era en serio. Corrí por el pasillo para decírselo cuanto antes a Curro, sabía que esa tarde sería para él especial y se vendría arriba por aquella esperada y grata noticia.
Al entrar, mi compañero me paró en seco y me contó el parte de la tarde. Cuál fue mi sorpresa cuando su primera frase fue: “Curro se está muriendo, acabamos de sedarlo”. Corrí a su cama sin escuchar nada más y allí estaba, con su suero en la mano izquierda, dispuesto a dar cinco tandas de naturales al toro de la muerte; en la izquierda, sí en la izquierda, en la que me decía que se encontraba el dinero.
Sabía, por mi experiencia, que podría escuchar mi voz y no pude contenerme. Así, intentando no herir la sensibilidad de su familia, le dije al oido: “Maestro, aquí estoy a tu lado, soy tu 'primero'. Te voy a decir un secreto y es que esta temporada vamos a tener competencia porque acaban de anunciar en Onda Cero Radio que José Tomás reaparece. Tendremos que estar finos esta tarde”.
Curro abrió los ojos y esgrimió una sonrisa para decirme lo que sólo él y yo sabíamos. Estuve allí a su lado, hasta que salió por un estrecho pasillo que le conducía al patio de cuadrillas. En su cara se reflejaba la serenidad y el temple de los toreros valientes, liado en su 'capote de paseo', con su traje negro azabache que daba el porte y la grandeza que él se merecía.
Su semblante serio y su mirada penetrante reflejaban que esa tarde iba a ser importante, de las que hacen afición, la tarde en la que se anunciaba el gran torero y se iba el maestro. La vida, que tiene esas cosas...Y las crónicas dirían: “ese primer toro, Curro se lo brindó a su fiel cuadrilla que tantas y tantas tardes le había acompañado por las plazas de España y se fue a los medios y lo citó de frente y enmudeció la plaza y se escuchó el sonido de las agujas del reloj...”.
¡Que Dios reparta suerte!
Belador (Raúl Buendía, Madrid)
(Dedicatoria:
Para Salvador y Nicolás, por su saber estar día a día en su profesión y por su sensibilidad ante las cosas cotidianas de la vida. Espero que os guste y que algún día podamos conocernos y compatir una sobremesa taurina. Raúl).